sábado, 28 de enero de 2017

La mesa de Julia


             El corrector de mi toshiba, que es un machirulo de manual, se resiste enérgicamente a escribir febrera y sufre tecleando octubra como lo hacía el viejo tren de Rafael El Gallo en las cuestas de Despeñaperros.
           
         Programado por japoneses cipotudos, no consigue adaptarse a la neolengua orwelliana que, con vocación feminista, quiere imponer la Universidad de Granada desde su Unidad de Igualdad entre Mujeres y Hombres y viceversa.
        
              En el ya famoso calendario morado de la UGR, la mencionada novedad ortográfica y conceptual se acompaña de doce imágenes -una para cada mes- que realizan un ejercicio estético que va del apropiacionismo al chonipunk, a mayor gloria del empoderamiento femenino y la sexualidad polimorfa.
         
             Una muestra de ardor antimacho entre dogmática y naif, de velita encendida en un concierto de Bebe.
           
            Igual que detrás del consultorio de Elena Francis, el confesionario radiofónico de las amas de casa del franquismo, había un tío, el autor intelectual de este almanaque feminista es Miguel Lorente, ex alto cargo de Zapatero, que está tan metido en el papel de azote del patriarcado, que cualquier día se saca las tetas a la puerta de misa.
        
         Lorente, llevado del mismo exceso de celo que animó a Tania Nuncaentrarenpodemospunto Sánchez a recordar a las abogadas (no) asesinadas en Atocha, ha declarado en la presentación del anuario que “el machismo ha presentado la realidad como una incógnita con el objeto de quitarle el significado a cada día, a cada mes, a todos los años”, que vete tú a saber qué coño quiere decir, pero le ha quedado la mar de aparente y feminal friendly.   
            
            En el tiempo de la posverdad, en que da igual que las mentiras sean mentiras porque la gente tiene ganas de creérselas o carece de arrestos para refutarlas, la casa oficial del saber ha decretado que enero sea enera y septiembre, septiembra, como la canción de los Earth, Wind & Fire.
         
           Así que no te alarmes, joven estudiante, si en los pasillos de Derecho escuchas a un profesor comentar con algún colega: “Por la mesa de julia pasan unas ratas extraordinarias”. Está hablando de unos amigos que en verano se divierten como cosacos.   
            
           Tampoco te extrañes si el camarero del bar de Ciencias te sienta en sus rodillas y empieza a relatar la historia de Blancanieves cuando le pidas la cuenta.
           
            Puede ser aún peor: que le confieses muy ufano que te pirras por unas rabas y, en vez de ordenar un plato de calamares, te indique el servicio de caballeros.

            *Emitido en COPE ("El lanzador de cuchillos")

viernes, 13 de enero de 2017

Maldita la gracia



           A los medios de comunicación les hace muchísima gracia que una señora le pegue dos tiros a su marido.
            
           Cuando son ellas las que disparan, las que apuñalan, el tono habitual de la información es el de la chanza o la caricatura grotesca; que a un pobre hombre su santa le corte los huevos o lo emparede en el salón desata una orgía de titulares jocosos prestos a disputar la batalla del ingenio a los tuiteros más entrenados.
            
              Salvo que no haya forma de enhebrar la broma y entonces se recurre al plan b: calumniar al muerto, que muere dos veces, y justificar a su asesina, buscándole una coartada moral.
            
               No hay más que realizar una búsqueda somera en google y al instante tendremos ante nuestros ojos decenas de noticias relacionadas con la muerte de un hombre a manos de su pareja en las que el tratamiento del crimen es chistoso, exculpatorio de la mujer o difamatorio para la víctima. O las tres cosas a la vez.         
          
         A este último grupo pertenece la noticia difundida recientemente por medios de izquierdas y de derechas -en esta materia el encogimiento es general- sobre la joven inglesa que apuñaló a su novio “porque se había comido todas las patatas fritas”. El redactor de la agencia que remitió la nota a sus abonados debe estar todavía partiéndose la caja.
          
            Por si la mofa no contribuye suficientemente a restar importancia al hecho criminal, remata la faena levantando, sin motivo alguno, sombras de sospecha sobre el comportamiento previo de la víctima.
          
            Esa actitud evidencia un miedo cerval a la presión que ejercen las barbijaputas y demás hipertrofias del feminismo y el orfeón de seres odiantes o pusilánimes que les hacen los coros.
          
             Por decirlo de una manera coloquial: los medios, como buena parte del cuerpo social, están a-co-jo-na-di-tos. Hemos llegado a un punto en que hay que armarse de valor para defender lo obvio.
        
           Me molesta profundamente tener que declarar de manera enfática que la violencia machista me parece abominable para hacerme perdonar el reproche al tratamiento periodístico habitual en las muertes de hombres a manos de sus mujeres.
      
             Porque hay quien piensa que, criticando este tipo de noticias, se eleva la anécdota a categoría y se practica una especie de equidistancia que minimiza la gravedad de la violencia ejercida por los hombres.

          Soy perfectamente consciente de que las agresiones de mujeres a hombres no son un problema social, porque se dan en mucha menor medida que las contrarias -por muchos motivos: culturales, biológicos…-, pero, a veces, la mujer, como la luna del poema, viene “encapuchada, siniestra y verduga”. Y aunque los medios se partan de risa, sus crímenes tampoco tienen ninguna gracia.

               * Publicado el 13 de enero de 2017 en Granada Digital ("Opiniones contundentes")
                

lunes, 2 de enero de 2017

Toma que toma


                     2 de Enero de 2017. 11 h. He reincidido. Aunque hace unos años, cuando asistí a mi primera Toma, decidí que no volvería nunca más, algo -no me pregunten qué- me ha empujado a salir por segunda vez de casa camino de la Plaza del Carmen. En realidad, podría haberme quedado acostado, porque el espectáculo oficial y el que brinda la afición se repiten desde hace algún tiempo de manera milimétrica.
                        
                      11,10 h. Me cruzo por la calle Príncipe con un tipo que tiene algo que ver con las asociaciones de vecinos. Lo conozco de verle el careto en TG7. Una vez le escuché un alegato tirando a intenso sobre cubos de basura, que remató con un inevitable “todos y todas”.
                     
                  Tiene expresión grave, solemne, de tío importante en un día importante. Viste un abrigo azul marino de corte institucional y va acompañado, a una prudente distancia, de otro señor trajeado. Me da por pensar que igual tiene un asesor. O un escolta.
                   
                      11,15 h. Llego a la Plaza del Carmen. A esa hora ya están allí los ultrasur y los biris norte, que caldean el ambiente y la espera con sus cánticos tradicionales. “Los genocidios no se celebran”, cantan los independentistas andaluces (que, al parecer, existen); “España cristiana, no musulmana”, replica el facherío.
                   
                        Me doy una vuelta por la plaza para pulsar el ambiente, que diría el clásico.
                 
                  Los ultras de derechas se han situado frente a lo que fue el Club Taurino - lo encuentro muy apropiado, teniendo en cuenta su afición a utilizar la cabeza para embestir-.
              
                        Los ultras de izquierdas han colocado sus banderas y sus pancartas a las puertas de la ONCE -acertado también, porque a esa hora más de uno ya va ciego como un perro; como un perroflauta, concretamente-.
          
                  Me pregunto si habrá llegado ya a la plaza alguien con buen juicio. Me tropiezo con el expresidente de los comerciantes. Sigo buscando.
           
                        11,30 h. Poco a poco la plaza se ha ido llenando de gente. Incluso de gente normal.
           
                        La comitiva municipal sale a la calle desde el interior del edificio consistorial.
           
                        Suena el himno de Andalucía, que pitan los falangistas. El de España lo silban los abertzales.
          
                   El alcalde y los concejales miran al cielo y piensan que no han escapado mal: los han puesto mirando a Cuenca, pero al menos no se les ha cagado encima el caballo de Moratalla.
            
                       El cortejo se pierde Reyes Católicos arriba (con perdón), camino de la Capilla Real.
          
                12 h. Me acerco a Bib-Rambla (léase birrambla) a tomarme un chocolate con churros, que la mañana es luminosa pero gélida. Es esta una tradición sin polémica. O igual me precipito, que en Granada nunca se sabe. 
  
                Me siento en una mesita a la entrada y tomo algunas notas en el moleskine que me trajo mi hermana de Berlín.

                    12,30 h. Pago el chocolate y los churros y vuelvo a la Plaza del Carmen. Está a rebosar. Es decir, 3.000 personas. Toda Granada, según los partidarios. Una minoría nostálgica para los detractores.
   
                   Avanzo entre el gentío y un joven recién salido del casting de “Amar en tiempos revueltos” me entrega media cuartilla, impresa por Democracia Nacional, relativa a la Toma de Granada: “Una nueva Reconquista para defender nuestra identidad, para defender lo nuestro”. No me imagino qué les voy a enseñar a mis amigos de San Sebastián cuando se lleven la Alhambra a los Emiratos Arabes. El resto es bazofia neonazi de manual: los españoles primero en las ayudas sociales y en los puestos de trabajo y todo eso. En España no son peligrosos. Por ahora.
  
                    12,45 h. Me dice un entendido en tradiciones granaínas que quedan tres cuartos de hora para que el cortejo vuelva a la plaza.

                       La espera se hace larga, pero los grupos ultras se ocupan de animar el gallinero y entretener a la parroquia. “No a la Toma, sí a Mariana”, gritan desde el Fondo Norte. “No a la Toma… de estupefacientes”, completan la frase los del Fondo Sur. “Hoy como ayer, Fernando e Isabel”, vocean los fachas. “Isabel es una guarra”, replican los batasunis. Ahora entiendo lo del Pendón de Castilla.

                       13,30 h. El experto lo ha clavado, la comitiva entra de nuevo en la Plaza del Ayuntamiento. Este año integran el cortejo los legionarios y unos moros de Benamaurel, que son como los analistas de La Razón que van a las tertulias de Ferreras:  tíos que cobran para que se caguen en su puta madre.

                        Entonces estalla lo que el cura de la Peza definió de manera precisa como “el follaero de María Santísima”.

                       Gritos, insultos, “asesinos”, pitos a los himnos, “menos militares y más hospitales”, banderas de España con el pollo al viento, “vosotros fascistas, sois los terroristas”, un tío de Móstoles (menuda empanada), con pinta de bajista de Gabinete Caligari, replicando “el fascismo es alegría”, petardos, un niñato cantando “concejal maricón, en Marruecos paredón”, para regocijo de un falangista viejo con pinta de bujarrón, “¡Granada…!”, “qué”, “¡Granada…!”, “qué”, “¡Granada…!”, “qué pollah quiereh”… Y, por fin, la plaza vacía y el silencio.

                14,15 h. Agotado, me dirijo a un bar de la Romanilla, y me tiro en una silla de la terraza. El camarero, que es italiano, me saluda:

                        - “Buenas tardes,¿qué tal?

                        - “Nada, que vengo de la Toma”.

                        - “¿Qué Toma?”

                        -“Una cervecita, por favor”.

                        - “¿Aguila o Alhambra?”

                        Me quedo pensativo unos segundos.

                        - “Ya he tenido bastante por hoy. Mejor póngame un nestea”.

                        Publicado en Granada Digital ("Opiniones contundentes")