domingo, 19 de febrero de 2017

Fotografía de un asesinato

            
            World Press Photo, la asociación sin ánimo de lucro que organiza el mayor y más prestigioso concurso anual de fotografía de prensa, ha premiado la instantánea que recoge el momento en que el embajador ruso en Turquía es asesinado por uno de sus guardaespaldas como la mejor fotografía de 2016.
            
               Para el jurado del afamado concurso, la fotografía “refleja la explosión de odio presente en nuestros días: cada vez que la ves te sacude”.
            
          La visión del horror produce, a la vez, espanto y empatía. Es uno de los grandes conflictos de la creación: por espeluznante que sea la realidad que describe el resultado es, inevitablemente, un producto bello.
             
             Pero me temo que la explicación se torna más pedestre en cuanto nos quitamos la venda moral que nos impide, hipócritamente, reconocer la verdad: nos atrae la sangre, el horror, el drama. Tenemos una inclinación morbosa a la visualización de la tragedia. Nos deslumbra el mal. Sentimos un placer culpable, pero no podemos ni queremos evitarlo.
            
             Somos la chusma que se echó a la calle para ver pasar a Mariana Pineda a lomos de un asno camino del cadalso y se agolpó en el Triunfo para disfrutar de su ajusticiamiento. Los romanos que abarrotaban el Coliseo para divertirse con la muerte ineludible de un semejante. El populacho que hacía -y hace- el papel de figurante en los españolísimos autos de fe.  
           
           La violencia nos subyuga. De no existir la posibilidad cierta de que el torero muera ensartado en un pitón del toro las plazas estarían vacías; a nadie interesa el número de un trapecista que no pueda desnucarse. Quizá sea la tanatofilia la causa última de que siga existiendo público para esos espectáculos.
            
             Por eso, cada vez con más frecuencia, los delincuentes graban sus fechorías y las cuelgan en la Red. Y esas imágenes espeluznantes tardan pocas horas en convertirse en virales.
            
           Los terroristas del ISIS cuidan sus performances criminales hasta el último detalle, conscientes de la fascinación que provoca la buena puesta en escena de una muerte horrenda.
           
              Caravaggio, que reunía en sí la doble condición de artista y criminal, eligió una mujer ahogada para representar a la Virgen María.
           
            La belleza del fotoperiodismo tiene menos que ver con lo hermoso que con la búsqueda de la verdad. Y la verdad es, casi siempre, dolorosa.

          El embajador ruso inauguraba una exposición de fotografía en el momento en que fue asesinado. Lo que no imaginaba, mientras leía su discurso, es que la más premiada iba a ser la que mostrara, en directo, su propia muerte.

           * Publicado el 19 de febrero de 2017 en GD Granada Digital

domingo, 12 de febrero de 2017

Escuchando el transistor


                  El primero de la mañana. Martín Ferrand y el muelle de Hora 25. La abuela Concha, escuchando a Encarna, de madrugada, mientras cosía en la mesacamilla del comedor. La expresión jonda de Velázquez Gaztelu, solemne como una siguiriya. El estado siempre inestable de la nación. Los chismes de Mariñas y el tacón de Norma Duval. Supergarcía dándole la noche al presidente chupóptero de la Federación de Vela, maestro del buen comer y catedrático del mejor beber. El festival de la canción demente de Jesús Marchamalo y aquel locutor con frenillo. El loco, desde el Guadalquivir de las estrellas: Pink Floyd y el Beni de Cádiz. Mundo Babel. Juan Carlos Ortega, el Orson Welles de Calella. José Ramón Pardo y la canción del verano: “Antonio, ¿cómo se llama tu madre? Mari Carmen. Pásamela. Hola, Mari Carmen, ¿a quién vas a votar? A los Milli Vanilli”. Gomaespuma, que me invitaron al programa la semana que se despedían y, mientras esperaba mi turno, garabateé una letrilla que Juan Luis cantó por alegrías: “Hay en el aire silencio, en el horizonte, brumas, y en las trenzas de tu pelo, girones de gomaespuma”. Los puritos de Pepe Domingo. La radio en batín de Carlos Herrera. Joaquín Luqui y El Gran Musical. Radio 80. Carlos Finaly, que nos contó porqué Sting quiso llamarse Sting. Gemma Nierga, asomada a la ventana. Morirse de risa con Nieves Concostrina. Echarse un trago en El Ambigú de Diego Manrique. El duermevela tras el almuerzo, con el viejo peluca y otros clásicos populares. La cátedra de Jorge Valdano. Poner el sábado los 40 para ver si Rick Astley ha subido hasta el 1. La Barraca de Manolo Ferreras. La ironía y el ingenio de los monólogos de Alsina. Radio Minuto. Santiago Amón, que sabía de todo y se mató en un helicóptero. El verbo arrollador y barroco de Tito B.Diagonal. Cándida y su señorita. El abuelo Porretas y el señor Casamajó. El Pulpo y el Monaguillo. Federico, antes de los incendios. Los dardos de Ignacio Camacho. El consultorio sentimental de Elena Francis, que en realidad era un tío. Mi madre desayunando en la cocina con Luis del Olmo. Pararse a un lado de la carretera para no perder la señal de Carrusel Deportivo. La voz total de Iñaki Gabilondo. El polvo de estrellas de Carlos Pumares. Radio Exterior, que me informó en Gotemburgo de que habían liberado a Quini. COPE, donde nos gusta estar. La noche que cené en Granada con Abellán y el ciego que imita a García. José Luis Pérez de Arteaga, el hombre que susurraba a Gustav Mahler. Llevar el compás con los nudillos, mientras atardece el sábado entre flamencos y pelícanos. Los mates imposibles de Andrés Montes. Pepa Fernández, la palabra exacta y el entretenimiento inteligente. Subir a hombros a Ana para que viera entre el gentío a Joserra en la explanada de la Facultad de Ciencias. Las tertulias políticas nocturnas de la Transición. La lengua viperina de Carlos Ferrando. Onega, el hombre moderado. Garci y sus asignaturas pendientes en las tardes adolescentes de gripe y bisolvón. La voz intemporal de Modesta Cruz. El 23 F y la noche de los transistores. Esto no es Hawai, qué guay. Minuto y resultado. Fernandisco y Juanma Ortega. La radiofórmula. La atlética adrenalina de la sintonía de Radio Gaceta. Area Reservada, música con esmoquin. La madre del Marqués de Sotoancho. Chico Pérez y Javier Ares, dando la vuelta a España. La crónica negra de Manuel Marlasca. Gaspar Rosety, que cantaba los goles con el corazón, cuando la Champions era la Copa de Europa. Las sobremesas new age de Ramón Trecet. Radio 6. La tertulia de amigos de Miguel Angel García Juez, que me mandó una felicitación navideña firmada por todos. El gabinete de Julia Otero. La vida moderna de mi hermana Espe. Tris, tras, tres. Sonideros, tirado con Mar en el sofá. Mi padre en verano al volante, de costa a costa.


                  Esta es la radio de mi vida. Cada uno tendrá la suya, pero esta es la mía. 
                
               El 13 de febrero no es un día cualquiera, es el día de la radio. La mañana se vestirá de fiesta y lo celebraré, como siempre, escuchando el transistor.

                 Emitido el 13 de febrero de 2017 en Herrera en COPE Granada