domingo, 26 de marzo de 2017

El hater


            Tengo un hater. No, mamá, no es un ratón de los que dan vueltas sin parar, frenéticamente, dentro de una rueda. Los que tú dices son los hamsters, esos simpáticos roedores que, al parecer, en español se llaman cricetinos.
            
            El mío es un hater o, lo que es lo mismo, un odiador cibernético, un tocapelotas tres punto cero. Uno de esos individuos que se esconden tras un nick en la plataforma del pajarito, el sótano de Zimbardo en el que todo miserable encuentra refugio y la buena gente se vuelve mala por contagio.
         
          Si el paraíso de los perros está lleno de pelotas de tenis, el cielo del columnista es un hashtag venenoso petado de comentarios ofensivos escupidos por miles de individuos con mala baba y mucho tiempo libre. Esa es la señal inequívoca de un éxito incontestable.
            
           La valía de un articulista la definen la cantidad y la categoría de sus enemigos pero, para mi desgracia, sólo tengo uno y de medio pelo. 
           
          Nada me gustaría más que poder exhibir con orgullo a mis detractores, como hacía Camba con los suyos. Lucirlos ante el director del periódico como un signo de distinción y de prestigio.
           
             Pero mi único enemigo es, para más inri, huérfano de talento y apagado de brillos. Y, sin embargo, es mi lector más fiel, el que me sigue con más interés. No pierde oportunidad de reconvenirme y raro es el día que no me afea la conducta por algo que he escrito o dejado de escribir.
            
            A menudo, sus reproches ceden a la tentación de la vulgaridad o se deslizan hacia el sumidero de la insinuación maledicente, pero cuando me siento a escribir, en mi cabeza está siempre presente, como si pasara lista en la vieja escuela nacional-católica.
            
           No se me escapa que mi antagonista tuitero es un ejemplar único, una tortuga boba a la que, por mi bien, debo cuidar y proteger. No me gustaría que se molestase por no haberlo irritado lo suficiente y acabara yendo a desovar a otra playa menos templada. Debo admitir que confío secretamente en que se reproduzca por estos lares y nuevas criaturas contribuyan con sus invectivas a prestigiar mi columna.  
          
         Además, yo no soy de los que se disgusta por una mala crítica: me ufano de saber encajarlas con elegancia. Y si llegara a tocarme mucho los cojones, siempre queda la posibilidad de contratar un par de sicarios que reduzcan al hater al tamaño de un cricetino. 

             * Publicado en GD Granada Digital ("Opiniones contundentes") 

domingo, 19 de marzo de 2017

Machitos


             El viernes presencié un incidente bochornoso.
            
           Paseaba al perro por mi barrio a primera hora de la mañana y, mientras recogía los excrementos del animal, vi al fondo de la calle un todoterreno parado frente a un edificio en obras.
            
           No le presté mayor atención hasta que, unos minutos más tarde, empezó a sonar un claxon de manera insistente y escuché, a lo lejos, los exabruptos de unos hombres corpulentos que descargaban espuertas en el portal frente al que estaba detenido el vehículo.

            El claxon no dejaba de sonar y algunos vecinos empezaron a asomarse a los balcones.

            Entonces me picó la curiosidad y me acerqué al lugar del que procedía ese pitido incesante.

         Y me encontré con la siguiente escena: el land rover, que ocupaba toda la calzada –las calles de mi barrio son estrechas y, además, tienen a ambos lados unos pivotes que limitan aún más el espacio- tenía enganchado un remolque desde el que tres hombres, dirigidos por quien parecía ser el dueño del coche y de la casa, cogían sacos de arena y de cemento y los introducían en la vivienda que estaban reformando.

         Detrás, una mujer de mediana edad tenía las dos manos hundidas en el volante de su citroën y voceaba para quien quisiera escucharla que llevaba un cuarto de hora bloqueada, sin que aquellos individuos se hubiesen siquiera dignado a pedirle disculpas.

         Para los obreros y su jefe, según pude comprobar con mis propios ojos, la señora era invisible, pero eso no impedía a la cuadrilla de trogloditas hacer bromas patosas a su costa o dirigirle, sin mirarla una sola vez, toda clase de zafiedades.

         Allí estaban los cuatro machitos, con el todoterreno y el remolque taponando la calle mientras se les pusiera en las narices, sin importarles que ella, la puta loca, la tía porculera de los cojones, también tuviera un trabajo al que llegar puntual.
   
           Pero la cosa iba a peor. Cada vez eran más numerosos los vecinos que insultaban desde las ventanas a la conductora e incluso un chico joven comenzó a grabar la escena con el móvil mientras impostaba una voz en off e improvisaba también comentarios groseros hacia ella.
  
            La mujer estaba a punto de echarse a llorar de rabia y de impotencia.
  
        Yo tendría, entonces, que haber cogido del pecho a los tipejos de las remeras y al cabrón de su jefe y haberle mentado los muertos al niñato del iphone, pero una extraña prudencia me lo impidió y, con la falsa coartada de que también tenía prisa, doblé la esquina y dejé allí sola a aquella pobre mujer, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento, al borde de las lágrimas.    

           Debería haber atado al perro a un bolardo de la acera y haberme liado a hostias con esa gentuza, pero no lo hice y, desde entonces, tengo una sensación molesta que se parece bastante a la mala conciencia.

         Esta columna no es más que un torpe e ineficaz intento de mitigarla y de pedir perdón a esa mujer desconocida a la que, por falta de coraje, dejé a merced de una turba de hombres miserables.      

           *Publicado el 19 de marzo de 2017 en GD Granada Digital ("Opiniones contundentes")

sábado, 4 de marzo de 2017

El blues del autobús


             El Partido Popular felicita en Canarias al transformista que se mofó de los símbolos cristianos y en Madrid insta a la Fiscalía a que investigue el famoso autobús naranja de los penes y las vulvas por si sus promotores hubieran podido cometer un delito de odio.
            
            Hay políticos populares que sufren un complejo muy propio de la derechita cool, que les impele a querer adelantar por la izquierda a quienes siempre los van a considerar unos carcas ultramontanos, por solícitos y pastueños que se muestren con el progrerío.
            
               Es el suyo un intento patético -como de peñista andaluz del BarÇa- de congraciarse con quienes les desprecian.
            
            Los de Hazteoir son unos fanáticos con un amplio curriculum, pero, desde la perspectiva penal, el autobús de la discordia no resiste la comparación con el asalto a la capilla de la Complutense al grito de “arderéis como en el treinta y seis”, que ya sabemos de qué manera resolvió la justicia. Por eso resulta aún más ridículo el entreguismo pepero a los dogmas de género por la vía de la delación.
            
              De la posizquierda ya se sabe que no da un balón por perdido ni pierde oportunidad de ejercitar sus amplias dotes de agitación y propaganda.
           
             A nadie sorprende, por ello, que quienes no suelen aguantar una mosca en los genitales, como han demostrado, una vez más, con el autobús de marras, aplaudan a rabiar la provocadora e hiriente actuación de la drag queen canaria y exijan a los católicos un espíritu deportivo del que la neoinquisición progre nunca hace gala. 
          
         El mester de progresía –copyright del gran Paco Robles- ostenta el monopolio de la ofensa y la exclusiva del ingenio y todo el que cuestione estas verdades es susceptible de acabar en la hoguera.
           
            Así que, mientras nadie puede discutir el credo que aglutina a la secta, los católicos, sobre los que hay, al parecer, una especie de derecho universal al escupitajo, deben soportar con la sonrisa puesta -lo que equivale a ser puta y poner la cama- exhibiciones de heroico compromiso con los derechos de tal y pascual como las perpetradas por la drag carnavalera o aquellas activistas de Femen que se pasaron literalmente por la vulva a Cristo crucificado, en una performance sórdida de porno sadomaso de convento, ejecutada a plena luz del día en la Plaza de San Pedro.
            
           Christopher Hitchens, el escritor británico azote de curas y de imanes, aseguraba, sin embargo, que, cuando entraba en una iglesia o en una mezquita, escuchaba con respeto. Hitchens era un ateo militante, pero no estaba cegado por el odio.

            A mí, como a Boadella, me gustan los caricatos que se ríen de los que están en el teatro. Reírse de “los de fuera” -los católicos son una presa demasiado fácil- no exige valor alguno. El tal Drag Sethlas y las niñas de las tetas no son más que miedicas bovinos travestidos de iconoclastas con arrojo. Corrección política disfrazada de subversión. Uno con pene y las otras con vulva.

             * Publicado en Granada Digital ("Opiniones contundentes")