martes, 23 de mayo de 2017

25 años sin Falcone


              El 29 de agosto de 1991 la Mafia asesinó a Libero Grassi, un empresario textil de Palermo que se había negado a pagar el pizzo. Los ánimos, por ello, estaban inflamados en el país cuando mi avión aterrizó en Fiumicino una mañana de septiembre.

                Yo era un estudiante universitario que llegaba a Italia con la intención de acabar la carrera y empaparme de una cultura que me fascinaba. Como a tantos extranjeros curiosos, me sedujo inmediatamente el fenómeno de Cosa Nostra, tan cercano y tan lejano a la vez, un producto genuino de la sicilianità, metáfora y patología del poder.
       
                 Todo el mundo, en la calle y en la televisión, hablaba de Giovanni Falcone, el magistrado que, junto a Paolo Borsellino y el resto de magistrados del Pool Antimafia, había conseguido la mayor condena de mafiosos de la historia de Italia.

             La instrucción del maxiproceso, como fue conocida la causa que llevó a la cárcel a más de 400 hombres de honor, la terminaron Falcone y Borsellino aislados con sus familias durante meses en una cárcel de máxima seguridad de la isla de Cerdeña. Se sabían condenados a muerte, pero eso no les hizo claudicar ni debilitó lo más mínimo su estricto sentido del deber. “La vida es misión y el deber es su ley suprema”, compartían con Giuseppe Mazzini, el ideólogo de un Risorgimento que apenas había penetrado en aquella Sicilia de estructura feudal. La suya no era una misión divina, sino un empeño cívico y democrático de envergadura: la recuperación de la confianza en las instituciones en un territorio donde el Estado estaba trágicamente ausente.

           Contaban con algunos aliados y, enfrente, con un sinfín de enemigos. Disponían de inteligencia, determinación, algunos funcionarios públicos decentes y un testigo de excepción, Tomasso Busceta, el gran arrepentido de la Mafia, que pidió hablar con Falcone y contó, por primera vez, cómo se estructuraba Cosa Nostra. Los enemigos eran muchos más: las familias mafiosas, el coro de calumniadores en la prensa y en las propias oficinas judiciales de Palermo, los políticos que se aprestaron a desactivar el Pool Antimafia…
              
              A pesar de las infinitas zancadillas, la Corte de Casación confirmó el 30 de Enero de 1992 la mayoría de las sentencias emitidas años atrás en el maxiproceso de Palermo. Era la peor humillación sufrida por la Mafia y los magistrados palermitanos se habían convertido en enemigos públicos de la organización.

             Cosa Nostra, habitualmente paciente, esta vez tenía prisa. Para matar a Falcone no dudó en levantar, con un potente explosivo, quinientos metros de la autopista que va desde el aeropuerto de Punta Raisi a Palermo. Era el 23 de Mayo de 1992. Su amigo Paolo trabajó, desde entonces, como un poseso, día y noche. Alguien se preocupó por su salud. “Es lo que tengo que hacer, tengo poco tiempo”. 57 días, exactamente. El 19 de Julio un coche bomba aparcado cerca del portal de su madre reventó al magistrado y a sus escoltas. Desapareció también de la escena del crimen una agenda roja, de la que nunca se desprendía, y en la que, al parecer, tenía anotados datos significativos de las relaciones mafia-política.

             Falcone lo dejó dicho en el libro que escribió a cuatro manos con la periodista Marcelle Padovani: “En Sicilia se muere porque se está solo o porque se ha entrado en un juego demasiado grande. La mafia golpea a los servidores del Estado que el Estado no protege”.

            Tras los asesinatos de Falcone y Borsellino, la Sicilia honesta acuñó un lema que, hoy, 25 años después, sigue martilleando las conciencias de sus asesinos: “No los habéis matado, sus ideas caminarán con nuestras piernas”.    

                      * Publicado el 24 de mayo de 2017 en el diario ABC

lunes, 22 de mayo de 2017

Ahora les toca a ellos


             El 16 de octubre de 2016 marcó un antes y un después en la relación de los granadinos con sus obligaciones como ciudadanos. Ese día, 50.000 personas se echaron a la calle para gritar alto y claro que Granada necesita dos hospitales completos, con todas sus especialidades, y que la fusión hospitalaria ejecutada por la Junta de Andalucía suponía un recorte sin precedentes de la sanidad pública, que afectaba a la calidad y la seguridad asistenciales. 

             La ciudad fue un clamor aquella mañana calurosa de octubre, en la que los granadinos hicimos, como en la canción de Mecano, “por una vez, algo a la vez”.

         Desde entonces, una ciudadanía tradicionalmente acomodaticia, tomó conciencia de su fuerza y empezó a enseñar los dientes y pelear por lo suyo. Nunca hubo tantas manifestaciones, ni con tanto seguimiento, en una ciudad, la nuestra, abandonada hasta hace poco a la apatía y la desidia.

               La de ayer no ha sido una de las más multitudinarias, pero es verdad que la razón de la convocatoria no era especialmente “popular”. A pesar de ello, más de 9.000 personas recorrieron las vías del centro exigiendo respeto a la capitalidad judicial de Granada y reclamando que no salgan de aquí las dos secciones penales que se añadirán próximamente a las ya existentes en el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Hay un hartazgo notable y la ciudadanía ha decidido, saludablemente, no callarse ni una más.
   
           Granada tiene muchos frentes abiertos: el Metro, el AVE, los hospitales, el Centro Lorca, el TSJA... Parece que los granadinos de a pie, por fin, nos hemos desperezado, pero nuestros políticos tienen que comprender que no podemos estar todo el día en las calles supliendo su falta de competencia en el desarrollo de las funciones que les hemos delegado con nuestros votos. 
  
            La gente está cansada de sus procesos internos, de sus peleas por el sillón, de su ombliguismo. De que unos no vayan a las convocatorias del tren y los otros no acudan a las de los hospitales. De que nos digan una cosa aquí y en el parlamento voten la contraria. De que se pavoneen en los medios y nos chuleen con ese descaro.

            La ciudad, por fin, ha despertado. Ahora les toca a ellos... y deberían ser conscientes de que ya no les vamos a pasar ni media.

                * Emitido en Herrera en COPE Granada ("El lanzador de cuchillos")     

martes, 16 de mayo de 2017

Te van a matar

                                                                                                     A Javier Valdez, in memoriam                                                                                             
              A Javier Valdez lo han bajado los narcos. Su sombrero manchado de sangre es ya un símbolo de la lucha por la libertad de expresión y contra la barbarie.

                 Era un cronista lúcido y valiente, como Sergio González Rodríguez, cuyo corazón les ahorró el trabajo a los sicarios.

            La obra de ambos contiene un reguero de pistas para llegar a comprender el fenómeno de la violencia en México. Pero la mafia los quería callados, como nos quiere a todos callados. Por eso hay que seguir leyéndoles, escuchándoles, escribiendo. No los podemos dejar solos. Ni muertos. Muertos aún menos. Esta no es una guerra lejana, tiene que ser también la nuestra.

            Iba a garabatear unas palabras, a modo de pequeño homenaje de un lector que lo estimaba como escritor y lo admiraba como ciudadano. Pero lo que quería decir ya lo había dicho él hace unos días en una de sus columnas afiladas. “Te van a matar”, se titulaba. Pocas veces el periodista tiene la oportunidad de teclear la crónica de su propio asesinato.
    
         “Se lo decían los amigos, los familiares, los compañeros del gremio. Cabrón, cuídate. Estos güeyes no tienen madre. Son unos malditos. Pero él seguía escribiendo críticas y denuncias en su columna, en uno de los diarios de la localidad: apedreando con sus teclas, sus palabras, el ejercicio del poder político, la corrupción, la complicidad entre criminales y servidores públicos, la policía al servicio de la mafia.

           Tenía varios años como reportero y suficiente experiencia para hacer trabajos de investigación. En la región sobraban los temas, pero todos los senderos, escoltados de plantas con espinas, conducían a la pólvora incendiada o en espera del gatillo, las miradas densas y vidriosas de los jefes, los callejones que pueden sacar de apuros y que no tienen salida, las calles que solo conducen a un humo caliente, que se levanta y baila con el viento, después del pum pum.

            Pero él tenía en el pericardio un chaleco antibalas. La luna en su mirada parecía un farol que aluzaba incluso de día. La pluma y la libreta eran rutas de escape, terapia, crucifixión y exorcismo. Escribía y escribía en la hoja en blanco y en la pantalla y salía espuma de sus dedos, de su boca, salpicándolo todo. Llanto y rabia y dolor y tristeza y coraje y consternación y furia en esos textos en los que hablaba del gobernador pisando mierda, del alcalde de billetes rebosando, del diputado que sonreía y parecía una caja registradora recibiendo y recibiendo fajos y haciendo tin en cada ingreso millonario.

            Los negocios en la agenda de los mandatarios eran su tema preferido. Cómo sacaban provecho de todo y la gente jodida en las calles, donde la indigencia crecía como la basura y se adueñaba de banquetas y esquinas, los prostíbulos estaban sobrepoblados y en los hospitales sobraban enfermos pero no había camas ni médicos. Eso sí, las cárceles hacinadas y el imperio del humo, de la nube negra tapando el cielo estrellado, colmaba las cabezas de los habitantes de la región: enfermaba, pero no hasta la indignación. Y en eso él, de plano, no cejaba ni cedía. Ni madres, repetía. Y se ponía a escribir.

          Una denuncia había puesto en el ojo del huracán a uno de los legisladores. Él se unió a quienes criticaron su poderío y sus lazos con las cumbres del poder político, económico y criminal. Fueron pocos los detractores y casi ninguna pluma, pero no se quedó callado. En el feis publicó una de esas fierezas, de palabras valientes, y le dijeron güey, bájale. Estos cabrones te traen ganas. Te van a matar. Él contestó Ba. No me hacen nada. Me la van a pelar.

           Pasaron tres horas después de esa publicación en redes sociales cuando lo alcanzaron y le dispararon, de cerca para no fallar”.

domingo, 14 de mayo de 2017

Puigdemonitos


              El traslado de parte del TSJA, el último reducto del orgullo local, a Málaga y Sevilla, tiene soliviantada a la opinión pública granadina, que está hasta la corona de Isabel la Católica de aguantar desplantes, retrasos y ninguneos por parte de todas las administraciones.

            Parece que los granadinos, tradicionalmente lloricas de bar, hemos, por fin, despertado y estamos dispuestos a pelear con fuerza por lo que queremos. Nunca es tarde para abandonar la queja y atender la seria admonición de Carlos Cano: “Si en vez de ser pajarito, fuéramos tigre bengala, a ver quién sería el guapito de meternos en una jaula”.

               Hasta ahí la buena noticia. La mala es que hay quien, por intentar pescar en río revuelto o en un ejercicio de manifiesta irresponsabilidad, está llevando a cabo, en los medios y en las redes, una intensa campaña de agitación y propaganda contra ciudades hermanas como Málaga y Sevilla.

           Excitando con argumentos demagógicos los bajos instintos de una población hastiada, han conseguido que, de repente, Granada se llene de puigdemonitos, que suspiran por la independencia zirí y repiten como autómatas que los demás nos roban.
  
          No deberíamos dejar las justas reivindicaciones de una provincia abandonada -fundamentalmente por sus propios políticos- en manos de los más hooligans ni de los más desahogados. El precio de la lucha por la dignidad de esta tierra no puede ser la reapertura de viejas querellas -que creíamos resueltas- contra ciudades vecinas.

       Defendamos lo nuestro sin entrar en guerras absurdas, de las que probablemente saldríamos escaldados. Alguien debería recordar a los ultrasur de la república independiente de su casa que el otro día hubo cuatro senadores (tres del PP y uno del PSOE) que votaron a favor de que Barcelona sea sede de la Agencia Europea del Medicamento, lo que no tendría nada de malo de no ser porque los cuatro son granadinos y los cuatro se habían comprometido a defender los intereses de la provincia, que aspiraba, legítima e ingenuamente, a albergar la sede de dicha agencia.

            Tampoco es sevillano el alcalde Cuenca, que, para no molestar a Susana, prefirió quedarse en casa las cuatro veces que los granadinos se echaron a la calle por sus hospitales. En Villatripas de Abajo lo habrían tirado al pilón, pero ahí sigue, sacando pecho y haciéndose fotos con rockeros, a los que primero engatusa y luego les cierra los bares.

          Más sorprendente es lo del líder de la Plataforma Juntos por Granada, que asegura en las redes que “ha llegado la hora de revisar el contrato social que une a Granada con Andalucía”, desde su puesto de Letrado del Gabinete Jurídico de la Consejería de Presidencia de la Junta. Y de vocal de la Mesa de Contratación de ese Patronato de la Alhambra que también aspiró a dirigir, sin importarle entonces que fuese el instrumento del que se sirve la administración autonómica para esquilmar los recursos locales. ¡Pu-ta Sevillá, puta Malagá!

                   * Publicado en GD Granada Digital ("Opiniones contundentes")