sábado, 3 de junio de 2017

Sobrediosis



               Leo en la web de una emisora de radio que, desde que acabó la Semana Santa hasta hoy, es decir, en el último mes y medio, se han celebrado en nuestra ciudad unos setenta actos cofrades. El último fin de semana, sin ir más lejos, hasta cinco hermandades salieron a la calle, por uno u otro motivo, para lo cual hubo que movilizar a la policía, realizar cambios en las líneas de autobús, cortar calles… Según parece, el cierre de una vía albaicinera no fue comunicado a la gremial del taxi y muchos de ellos se vieron atrapados en el trazado laberíntico del barrio, con decenas de invitados de una boda, que esa noche se condenaron irremisiblemente al fuego eterno después de proferir atroces blasfemias.

La calle ya no es de Fraga, que en paz descanse, sino de las hermandades, cofradías y archicofradías, pontificias o no, reales o republicanas, muy antiguas o menos. Y de las terrazas de los bares, pero eso es harina de otro costal.

¿No querías caldo? Pues toma tres tazas. ¿Quién dijo que todo el año era carnaval? No, de un tiempo a esta parte, lo que es todo el año es Semana Santa. Cuando no hay un besamanos, hay un quinario, y cuando no, un traslado -me río yo del de Trauma al PTS- o una coronación.

Y luego está el tío que controla con precisión de relojero suizo cuándo se cumplen los veinticinco, cincuenta o cien años de cualquier tipo de efeméride que justifique poner un paso en la calle, con su correspondiente presentación de cartel, pregón-concierto y rosario de la aurora.

Siempre hay una excusa para rescatar la morcilla y la sudadera, calzarse las segarra y echarse a Cristo y/o su Santa Madre a hombros para pasearlos por las calles, con gran aparato de percusión y trompetas.

Me cuenta Paco Robles, el autor del bestseller Tontos de capirote, que en Sevilla, la Roma del mundo cofrade, el espejo en el que se mira el resto del semanasanteo, la cosa está muchísimo peor. Que es un auténtico desmadre. Entre hermandades de gloria, procesiones de impedidos y cofradías piratas -los uber del costal-, raro es el día del año que no se monta un Cristo… en sus andas.

Por supuesto, la religión es lo de menos. Algo accesorio, secundario. Se trata de echarse a pelear, a ver quién la tiene más larga, a ver quién sale a la calle más veces, a ver quién machaca más las meninges del sufrido viandante con setecientas mil nuevas marchas de tambores y cornetas. La Semana Santa exportada al resto del año, transformada simultáneamente en producto de consumo y espectáculo narcisista, de autocelebración de las hermandades, a mayor gloria de diputados de gobierno, mayordomos, fiscales y consiliarios.     

Como me dijo una vez otro amigo sevillano, se ha vuelto todo tan fatuo que el plumerío de los romanos se ve, muchas veces, más que el Cristo.

Alguien debería embridar este caballo desbocado y plantearse volver a lo que Antonio Burgos llamó “los días iluminados del gozo y la intimidad”.     

Las cofradías albergan un patrimonio artístico, un tesoro cultural, pero todo eso no se entiende sin el pellizco de la fe. El día que dejen de mirarse el ombligo quizá caigan en la cuenta de que, mientras desfilan y desfilan por las calles de nuestras ciudades, los templos se van quedando vacíos.