lunes, 17 de julio de 2017

La playa


Hace veinte años la muerte anunciada de Miguel Angel Blanco sacó a la superficie lo mejor de nosotros, cuando aún no habíamos subvertido los valores, cuando todavía nos dolían más la tortura y el asesinato cruel de un hombre joven que el sacrificio de un perro potencialmente contagioso.

El espíritu de Ermua duró poco, fue apenas un destello, pero dejó para la historia momentos emocionantes de solidaridad con las víctimas del terrorismo y de unión entre los españoles de bien.

Como dice Jorge Bustos, el político no puede permitir que la concordia devore su alma. Menos aún el nacionalista, que hace del enfrentamiento su razón de vida. Por eso, los partidos abertzales se dieron prisa en aplicarse a desactivar una coyuntura que ponía en peligro, por primera vez desde que ETA movía el árbol, su hegemonía no sólo política, sino también social.

Un año después del crimen de Miguel Angel, que había movilizado a la población española -y a la vasca- como nunca antes en su historia, Ermua era un páramo, en el que, al decir de algún dirigente nacionalista, sólo habitaban las ratas.

Volvió el silencio, un silencio atronador. Y el estrépito de las pistolas. Durante tres lustros más, los condenados a muerte se limitaron a aguardar, ordenadamente y sin protestar, el turno de su asesinato. El resto es historia reciente.

El día que ETA mató a Miguel Angel Blanco, mientras millones de españoles, angustiados, se manifestaban en las calles o seguían la terrible cuenta atrás por la radio y la televisión, Arnaldo Otegi estaba en la playa con su mujer y sus hijos, “como un día normal”, según confesó a Jordi Evole en una entrevista.

Han pasado dos décadas movidas y hay nuevos actores en la escena política española. Para algunos, Otegi, el hombre que esperó tranquilamente sobre la arena a que ETA ejecutara al concejal de Ermua, es ahora un hombre de paz al que invitan al Parlamento Europeo, mientras le niegan el merecido homenaje a un muchacho valiente que se jugó la vida -y la perdió- en defensa de nuestra libertad y nuestra democracia.

Veinte años después, la muerte pavorosa de Miguel Angel, como en el tango, vuelve del pasado para enfrentarse con nuestras vidas. Y Carmena habría preferido estar en la playa.

        * Emitido el 17 de julio de 2017 en Herrera en COPE Granada

sábado, 8 de julio de 2017

Solo en casa


Leo en el periódico que la primera dama polaca dejó a Trump con un palmo de narices y que los antisistema que se manifestaban en Hamburgo contra el G-20 impidieron a Melania salir de su residencia.

Que el gobierno pretende poner freno al desafío catalán echando mano de la Ley de Seguridad Nacional en vez del manoseado artículo 155.

En las páginas de sociedad, que es el nombre solemne del cotilleo de toda la vida, dicen que Corinna, la amiga entrañable de don Juan Carlos, dejó de ser princesa hace doce años, cuando se divorció de su marido, aunque aún lo siga siendo en el corazón del rey emérito.

Cristiano presume de cuerpo -qué novedad- en una playa privadísima junto a un amigo cachas y exhibicionista como él. En los comentarios digitales, hay mucho maledicente que cuenta con los dedos de una mano los años que faltan para que termine su carrera y salga del armario.

En la tele -¡en qué tele va a ser!- Pablo Iglesias habla de Colau y Puigdemont, de la comisión de investigación sobre las cloacas del Estado, de la cercanía del nuevo PSOE al proyecto de Podemos. Está en Cádiz, delante del Falla, y la pantalla lo muestra con un bic entre las manos, el mismo al que no dejó de dar vueltas en el debate televisivo de las generales. Este hombre es una pose con patas, no se relaja ni en un campamento de verano. Se agarra al bolígrafo y habla, habla, habla.

Los tertulianos de la radio se enfrascan en una discusión altilocuente sobre Montoro y la bajada de impuestos (y de pantalones, según uno de ellos, el que más grita). A los cinco minutos, ya están liados, a grito limpio también, con la gestación subrogada, Girauta y Elvira Lindo. He estado una semana fuera de España y esta polémica se me ha escapado. Además, me importa un carajo. Como me importan un carajo Trump, Corinna, Cristiano y el jartible de la coleta.  

Porque hoy sólo tengo en la cabeza -no logro quitármelo de encima- al pequeño Joaquín, ese niño extremeño, de seis añitos, al que la furia desatada de una tormenta funesta le ha arrebatado a sus padres y sus dos hermanas, y lo ha dejado solo en el mundo. Hoy no estoy para políticos agrandados, opinadores fatuos ni narcisistas del balón. No me vengáis con altercados tuiteros ni debates de medio pelo. Esta noche sólo puedo pensar en la tragedia íntima de ese chiquillo que el jueves, cuando salió con su familia a disfrutar de la naturaleza, desconocía que Dios también estaba de vacaciones.

    * Publicado en GD Granada Digital ("Opiniones contundentes")

lunes, 3 de julio de 2017

Ha nacido una estrella


Tenemos chica nueva en la oficina, se llama Liseth Rosa y es divina… altruista, rompedora, superprogre. Veinticuatro añitos, pero con las ideas clarérrimas y ya pisando fuerte. Hasta Pablo Iglesias -ese referente- la ha felicitado por su valentía y su descaro. Lástima que fueran ligeramente impostados. Pero, qué más da: en la era de la posverdad y el pensamiento líquido lo importante es el eslogan, la sobreactuación, el postureo.

Porque sí, la muchacha se enfrentó al decano de los abogados granadinos, negándose a prometer guardar lealtad al rey, como establecía la fórmula protocolaria -escena que fue convenientemente grabada por el móvil de un amiguete y posteriormente distribuida por las redes de manera profusa- pero sabía que se tiraba con paracaídas y que su actitud, subversiva sólo en apariencia, no le reportaba perjuicio alguno, puesto que el acto solemne de la jura de nuevos colegiados es meramente formal y no tiene eficacia constitutiva.

El ingreso en la profesión se produce unas semanas antes, en las oficinas del Colegio de Abogados, de manera menos pomposa y por escrito, y allí, según ella misma reconoció a la periodista de IDEAL Yenalia Huertas, la niña Liseth se tragó su rebeldía insumisa y su talante cimarrón y acabó prometiendo lealtad a la Constitución, al rey, a Letizia y hasta al abuelo taxista, no fuera a ser que, por saltarse una coma, no llegase a adquirir la condición de abogada en ejercicio. Y reservó para el acto público de la jura de nuevos colegiados, perfectamente inocuo, la ya cansina por repetida performance podemita, con su poquito de sal obrerista y su pimienta antimonárquica. Así que menos lobos, caperucita: esos cojones, en Despeñaperros.

La joven aunque suficientemente comprometida Liseth puso a la venta una mercancía defectuosa, sabedora de que corren tiempos propicios para el radicalismo de salón -de salón de actos, en este caso- y que encontraría clientela de sobra dispuesta a comprarle la moto, sin importarle lo más mínimo que estuviera gripada.

Como ella preveía, el progrerío mediático y las redes sociales en las que la izquierda ultra reina soberana -bonita paradoja- la han elevado a los altares del folklorismo rebelde, convirtiéndola, a golpe de tuit y de titular inflamado, en la Rosa Parks del republicanismo togado.

Quédense con su cara, porque ha nacido una estrella y, de aquí a unos años, cuando ya haya acabado con los desahucios, es probable que vean su firma en los recibos del IBI.  

*Publicado en Granada Digital el 1 de julio de 2017 (“Opiniones contundentes”)